Intimidad

Cerca en cuerpo, lejos en el alma

Viven juntos pero se sienten desconectados por dentro.

Conexión

Hay una clase de soledad muy particular: la de sentirse solo estando acompañado. Vivir bajo el mismo techo, dormir en la misma cama, compartir el desayuno y los hijos, y aun así tener la sensación de que el otro no te conoce de verdad. De que hay una pared invisible que ninguno de los dos sabe muy bien cómo derribar.

Es una soledad rara, porque por fuera nada parece mal. Cumplen, conviven, hasta se quieren. Pero por dentro, cada uno vive un poco encerrado en sí mismo. Hablan, pero no se cuentan lo que de verdad sienten. Están cerca, pero sin entrar al alma del otro.

Este estudio se trata de esa distancia. No de la lejanía física —comparten la casa—, sino de esa lejanía interior que pesa, aunque cueste explicarla. La buena noticia es que esa distancia no es el destino del matrimonio: Dios diseñó el matrimonio para una cercanía mucho más profunda que la de compartir un domicilio. Hoy vamos a ver cómo se ve esa cercanía y cómo empezar a recuperarla.

PARA ROMPER EL HIELO · Conversen estas preguntas juntos

– ¿Hemos sentido alguna vez, sin saber explicarlo bien, que estamos juntos pero «solos»?

– ¿Cuándo nos sentimos más cerca el uno del otro por dentro, no solo por fuera?

– Si tuviéramos que medir, en porcentaje, qué tan conocidos nos sentimos por el otro, ¿qué número diríamos cada uno?

El estudio

La intimidad del alma —ser conocido de verdad por otro, y conocer de verdad— casi nunca se pierde por una pelea. Se pierde despacio, sin gritos, en silencio. Vale la pena ver con honestidad cómo se va apagando, no para sentir culpa, sino para reconocerlo.

• Nos escondemos sin darnos cuenta.: Empezamos a guardar pedacitos de lo que sentimos: la decepción que no quisimos mencionar, el miedo que no nos atrevimos a contar, el sueño que da pena decir en voz alta porque suena ingenuo. Cada pedacito guardado es una pequeña capa que se pone entre el alma y el otro. Con los años, esas capas se acumulan y se vuelven una pared. Nadie la levantó a propósito; se fue armando con los silencios.

• Confundimos compartir vida con compartir alma.: Sabemos qué hizo el otro hoy, dónde estuvo, qué necesita comprar. Pero no sabemos cómo se sintió de verdad esta semana, qué le da miedo, qué lo está alegrando o lastimando por dentro. Tenemos información del otro, no conocimiento del otro. Y son cosas muy distintas. Se puede saber todo de la agenda de alguien y nada de su corazón.

• Una herida vieja cerró la puerta.: A veces la distancia no nació de la rutina, sino de una vez en que uno se abrió y lo lastimaron. Mostró algo profundo y se rieron, lo usaron en su contra, lo desestimaron. El alma aprende rápido: «no es seguro abrirse aquí». Y desde entonces, sin que nadie lo decida en voz alta, se cierra una puerta. Lo que parece frialdad o desinterés muchas veces es, en realidad, protección.

UNA ACLARACIÓN IMPORTANTE: Sentirse desconectado del cónyuge no significa, en sí mismo, que no haya amor o que el matrimonio esté mal. Es, casi siempre, una señal —como un dolor que avisa algo que necesita atención. No es momento de culparse («debería haber notado antes») ni de culpar al otro («tú nunca te abres»). Es momento de mirar la distancia con calma, entenderla, y empezar a acercarse. La cercanía del alma no se exige; se cuida, se invita y se construye.

MIREMOS NUESTRO MATRIMONIO · Respondan juntos, sin juzgarse

– De las tres formas que leímos, ¿cuál se parece más a cómo se ha enfriado la cercanía entre nosotros?

– ¿Diríamos que compartimos vida —la logística— pero que cada uno se guarda demasiado de su alma?

Esto es un adelanto. El devocional completo está en la app.

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